A menudo me invade una estúpida sensación de abandono, de profunda orfandad. Pero no soledad. No, de soledad no. Hablo de un deshabitado desamparo que golpea violentamente ese rincón olvidado de mi memoria, que retiene el pulso, que entorpece el latido, que consume las ganas. ¿Cuándo podré sentir sin culpas?
No hay comentarios:
Publicar un comentario